viernes, julio 07, 2006

...a brindar con su silla vacía...

Sacando esos primeros amores adolescentes medio sacados (esos que tiene llantos, gritos, quilombo etc.) y cambiando de etapa, en la que uno ya puede diferenciar un poco más los enconchamientos y enamoramientos del enamorarse enserio, puedo decir que dos veces en mi vida me pasó de sentir que la persona que tenía enfrente era todo lo que quería para pasar el resto de mis días con alguien (o por lo menos una, si es que la perspectiva temporal es necesaria). Esas personas por las que uno haría sacrificios extraordinarios, sólo para despertarse a la mañana con ese alguien abrazandonos.
Casualidad, causalidad o vaya uno a saber por qué, a estas dos personas "las conocí de viaje".

Una recomendación para todo aquel que disfruta de los "placeres de la carpa". Nunca, pero NUNCA se vayan de camping en invierno al norte argentino... lo mas posible es que se caguen tanto de frío como me cagué yo en su momento.

Un invierno decidí irme unos días a Salta a la casa de mi papá, a distenderme un poco de facultad y todo ese torbellino de cosas que a una empiezan a perseguirla después de terminar el secundario (proceso que tengo la sensación al día de hoy que nunca va a terminar y el día de mañana van a preguntar "¿de qué murió Paola?" y alguien cercano respondera "de 'proceso después de secundario"). Unos días después se plegó mi hermana y nos fuimos juntas al Dique Cabra Corral. Con la carpa, unos bolsos, bolsas de dormir, FRAZADAS y cosas como un tuper con salchichas y choclos cocinados y huevos duros que cuando fuimos a comerlos tenían los sabores cambiados: el huevo tenía gusto choclo, la salchicha a huevo y el choclo a salchicha.

La verdad es que pondría un montón de especificidades acerca de este maravilloso lugar pero no creo que sean demasiado interesantes para muchos.

En nuestra bella estadía conocimos, en una tarde de caminata de 7 km hasta "el puente", al protagonista de hoy. Esta persona, en ese momento vivía en el dique bastante alejado de la realidad de la ciudad, de la realidad del pueblo... la verdad... bastante alejado de la realidad en general. Esa tarde paseamos en velero por el dique, y a la noche "hicimos" un asado en su casa. (éramos unos cuantos, mi hermana, yo, su primo, un amigo de ellos y ... él) Nosotros dos nos quedamos hablando alrededor de las brasas hasta altas horas de la madrugada, venciendo la impunidad del frío en esa zona, con una chapa llena de carbones colorados que miraban la sensación térmica y le sacaban la lengua.
Esa noche, tanto mi hermana como yo nos quedamos a dormir ahí. Al otro día pasamos por el camping (a 8 km de distancia) y "el primo" muy amablemente nos llevó de regreso a Salta capital para que nuestras vidas siguieran su curso normal.

Habíamos intercambiado mails. Así que a mi vuelta a la "ciudad de la furia" nos empezamos a escribir. Aunque no muy seguido, era una linda compañía, recibir de vez en vez, un mail suyo, contándome lo lindo que estaba el dique o alguna locura de su primo.
Un día... así como si nada, no hubieron más mails. (Cosa a la que hoy todavía no encuentro explicación).

Pasaron dos años -casi exactos-. Dos años sin ver a alguien que uno conoció unos pocos días, es mucho tiempo. Digamos que es el tiempo del olvido. Uno tranquilamente puede dejar que el tiempo siga y siga pasando y esa persona finalmente, se iría diluyendo en la memoria hasta desaparecer.
Pero, (por suerte alguien inventó infinidad de peros) cuando ya todo era parte de una gran nube de olvidos, volví al Dique, a ese lugar que separa la realidad de absolutamente todo. Y una tarde, después de comer (obviamente en el camping, con mi carpa y mis cartas de poker) busqué un teléfono, una guía, llamé al dique y lo encontré.

Casualmente, fue la semana más fría del año en Salta (ni les cuento en el dique). Pero, siendo una noche 4 en la carpa (él, yo, mi amiga y su amigo), tomando un vino oriundo de Cafayate en tazas de camping compartidas y él mirándome a los ojos, diciendo que a mí "me construiría un palacio al lado de su casa".

Es extraño, pero volví a Bs As y pasó lo mismo que la primera vez. Volví a los 6 meses al Dique y se repitieron secuencias casi iguales. Volví al año y lo mismo. Y siempre siempre, con momentos de cuentos de hadas, con castillos, el príncipe que vivía en un paraíso, con un mago, personajes mitológicos como el hombre cebra... Volví a comienzo de este año y... creo que me convencí, y aprendí que no hay nada más que hacer. En otra vida seguro será más interesante no conocernos viajarnos. No sé, ser vecino, o compañeros del colegio.

La foto concuerda con el año que estuve ahí con una amiga, que en un momento del viaje, después que nos lo cruzamos me dijo: " Pao, nunca en mi vida vi a alguien mirar con la sonrisa que lo mirás vos, ¿es el amor de tu vida?" a lo cual yo le contesté "no puede ser el amor de mi vida si solamente soy yo la que lo quiero a él".
"... que tardé en aprender a olvidarte,
19 días y 500 noches..."

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo creo que todo fue por el Bunggy! si te tirabas despues de la declaracion todo terminaba en el altar...

Pao dijo...

No no, a mi me parece que él sabía que en la caída moría de un paro cardíaco... si me tiraba todo cerraba redondo. ;o)