Una de las cosas que caracteriza los viajes de mochileros y más si son mochileros en carpa, es un tipo de solidaridad bastante extrema. Pero no porque hagamos caridad entre nosotros, sino porque los lazos de colaboración en un camping o en un micro o en una terminal son otros.
Uno de mis años en los que todavía llevaba compañía desde la salida, fuimos "subiendo" desde San Salvador de Jujuy, y armando y desarmando la carpa de tanto en tanto para seguir cual hormiguitas viajeras ese recorrido en el que lo más interesante era que no tenía destino, era viajar por viajar, subir por subir y simplemente dis fru tar...
En el último tramo llegamos a La Quiaca para ir directamente a uno de los pueblos de la Puna más hermosos que hay en nuestro territorio. Yavi. Un lugar color marrón, con las casas de adobe, con los techos de paja, con una calle central que por las tardes de siesta parece un desierto. Pero cuando uno sale de esa calle y se mete en uno de sus costados encuentra un verde impresionante en sus sauces y campos, no por nada Yavi es "El Oasis de la Puna".
En ese intento de llegar a mi paraíso puneño, dábamos vueltas por la terminal de La Quiaca y no encontrábamos forma de que alguien nos lleve, la única opción era un remís que por los escasos 14 kilómetros nos cobraba $18, y, si bien plata no nos faltaba, estabamos viendo la forma de que no nos roben tanto. Empezamos a caminar, a ver qué hacíamos, hasta que finalmente la vida nos dejó sentarnos en el cordón de la vereda a meditar sobre nuestro futuro recorrido y en ese momento aparece el protagonista de este post. Sebastián.
Mientras ese cordón de la vereda en bajada nos absorvía para no dejar pararnos, Sebastián se acercó y sin mayores preludios -y como leyendo en nuestras caras la fiaca de tener que resolver la continuación de nuestro viaje-, nos dijo "¿Chicas, van para Yavi? conseguí un remís a $16, viajemos los tres y lo dividimos" y así fue, el señor remisero nos llevó, pero el viaje no llegó a Yavi. Algo que no estaba en nuestro planes era que estabamos en fecha de carnaval y los carnavales en el norte son más sagrados que navidad, año nuevo o el cumpleaños de San Martín juntos y la gente, en ese afan de festejo perpetuo, había hecho algo así como un piquete festivo en la ruta y les juro, ningún piquetero le gana a un puneño en su festejo más sagrado, ese festejo que esperan un año y como bien dijo uno del lugar "El carnaval dura dos semanas, la primera de festejo, la segunda para recuperarnos". Así que, a pesar de que nuestro chofer suicida quiso pasar por sobre los festejantes, adentro del auto le hicimos nuestro propio piquete para que nos deje en el camino y así llegar más tarde a Yavi, pero enteros.
Finalmente llegamos, de noche, a un pueblo que corta la luz de las calles después de cierta hora, mi acompañante, Sebastián y yo. Pero otro problema de los carnavales es que el alojamiento se vuelve escaso, así que, en ese colaborar constante, en esa solidaridad de mochilero, en esa siguiente noche la carpa no fue para dos -como venía siendo- sino para tres, y la comida no fue para dos, sino para tres, y el vino no fue para dos, sino, también para tres.
La siguiente mañana, salimos a recorrer, a mirar el carnaval en las primeras horas del día, a aceptar chicha a las 11.00 de la mañana, a ver a la gente de Yavi disfrutando de sus mejores dos semanas del año, de su festejo y matarnos de risa.
La foto que les dejo nos la sacamos esa misma mañana, entre algunas construcciones inconclusas de ese hermosísimo lugar.
Después de ese día de Sebastián no supe nada más, nunca tuve su teléfono y creo que tampoco el e-mail.

" de ahora en más viviré viajando "
