sábado, noviembre 22, 2008

Entra a mi pago sin golpear

Durante todos mis viajes de mochilera y de ser humano campamentístico, tuve una compañera inseparable: mi carpa. A lo largo de los años, fui cambiando de todo, de mochilas, de compañeros/as, de utensillos varios, de cacharro calienta tuti, linternas, de bolsa de dormir, aislante, colchones inflables hasta incluso de infladores. Muchas de esas cosas, fueron prestadas y con el tiempo o me compraba la definitiva mía o alguna otra persona se solidarizaba con mi causa, pero la carpa... siempre siempre siempre fue la misma y la mía.


Muchos de los lugares que fui, los repetí varias veces, y en alguno una vez que estaba armada la reconocían antes de verme. Fue mi casa, mi caparazón de caracol, mi hogar de hormiguita viajera... básicamente, por muchos años fue mi mundo.


Pero como todo a lo que uno se aferra, mi carpa quiso jubilarse con toda la gloria, y así fue como en una última parada salteña, allá por el principio del 2007, decidí pasarla a retiro. Así es como algunos objetos en la vida propia, pasan a tener más vida que muchos vivos, y no podía simplemente decidir no usarla más y ya. Así que con una grata ceremonia, y gracias a que yo llevaba en mi mochila marcadores indelebles de dos colores (hasta el día de hoy es un misterio cuál fue el proceso lógico que hice para creer que iba a necesitar en mi viaje por sobre los 2.000 metros sobre el nivel del mar marcadores indelebles finos rojos y negro) la despedimos como mi carpa se lo merecía, con un poco de historia y con la compañía de los que en ese momento estaban conmigo. Como ella -la carpa- no es tonta y piensa por sí misma, siempre supo dónde quería pasar a retiro -no es lo mismo festejar la jubilación en el medio del Mar Caribe que en la rambla Marplatense, claro está- así que en uno de los campings más lindos por los que hemos pasado le imprimimos en sus paredes la historia que ya tenía encima.


Debo admitir que era raro ver sus paredes turquesas y fucsias operando como paño para el desarrollo creativo de gente, a la que si bien me sentía ligada desde hacía unos días, no tenían idea de lo que ese pequeño lugarcito de 1,70 x 1,70 (más o menos) significaba para mí.


Le hicieron un mapa en una de sus paredes, un mapa que de alguna manera también había sido unas cuantas veces MI mapa, la llenamos de frases, y para coronarla en una de sus entradas, le puse nombre, un nombre poco ortodoxo pero que coincide con un título de un disco que para mi es bellísimo y que también, como ella, me acompañó en muchos de mis viajes.


También le quedaron inscripciones del lado de adentro, dedicatorias diría yo...


Con el correr de los meses y ahora casi dos años, entendí algo... cuando jubilé esa carpa, muchas cosas más pasaron a retiro, y a veces, eso tiene demasiado que ver con crecer...





"Amanecer hacia atrás del camino
Crepúsculo hacia el frente del camino
Ahora no hay nada que te detenga
..."





sábado, mayo 31, 2008

De Carnavales Piqueteros y Chichas Mañaneras. . .

Una de las cosas que caracteriza los viajes de mochileros y más si son mochileros en carpa, es un tipo de solidaridad bastante extrema. Pero no porque hagamos caridad entre nosotros, sino porque los lazos de colaboración en un camping o en un micro o en una terminal son otros.

Uno de mis años en los que todavía llevaba compañía desde la salida, fuimos "subiendo" desde San Salvador de Jujuy, y armando y desarmando la carpa de tanto en tanto para seguir cual hormiguitas viajeras ese recorrido en el que lo más interesante era que no tenía destino, era viajar por viajar, subir por subir y simplemente dis fru tar...

En el último tramo llegamos a La Quiaca para ir directamente a uno de los pueblos de la Puna más hermosos que hay en nuestro territorio. Yavi. Un lugar color marrón, con las ca
sas de adobe, con los techos de paja, con una calle central que por las tardes de siesta parece un desierto. Pero cuando uno sale de esa calle y se mete en uno de sus costados encuentra un verde impresionante en sus sauces y campos, no por nada Yavi es "El Oasis de la Puna".

En ese intento de llegar a mi paraíso puneño, dábamos vueltas por la terminal de La Quiaca y no encontrábamos forma de que alguien nos lleve, la única opción era un remís que por los escasos 14 kilómetros nos cobraba $18, y, si bien plata no nos faltaba, estabamos viendo la forma de que no nos roben tanto. Empezamos a caminar, a ver qué hacíamos, hasta que finalmente la vida nos dejó sentarnos en el cordón de la vereda a meditar sobre nuestro futuro recorrido y en ese momento aparece el protagonista de este post. Sebastián.
Mientras ese cordón de la vereda en bajada nos absorvía para no dejar pararnos, Sebastián se acercó y sin mayores preludios -y como leyendo en nuestras caras la fiaca de tener que resolver la continuación de nuestro viaje-, nos dijo "¿Chicas, van para Yavi? conseguí un remís a $16, viajemos los tres y lo dividimos" y así fue, el señor remisero nos llevó, pero el viaje no llegó a Yavi. Algo que no estaba en nuestro planes era que estabamos en fecha de carnaval y los carnavales en el norte son más sagrados que navidad, año nuevo o el cumpleaños de San Martín juntos y la gente, en ese afan de festejo perpetuo, había hecho algo así como un piquete festivo en la ruta y les juro, ningún piquetero le gana a un puneño en su festejo más sagrado, ese festejo que esperan un año y como bien dijo uno del lugar "El carnaval dura dos semanas, la primera de festejo, la segunda para recuperarnos". Así que, a pesar de que nuestro chofer suicida quiso pasar por sobre los festejantes, adentro del auto le hicimos nuestro propio piquete para que nos deje en el camino y así llegar más tarde a Yavi, pero enteros.

Finalmente llegamos, de noche, a un pueblo que corta la luz de las calles después de cierta hora, mi acompañante, Sebastián y yo. Pero otro problema de los carnavales es que el alojamiento se vuelve escaso, así que, en ese colaborar constante, en esa solidaridad de mochilero, en esa siguiente noche la carpa no fue para dos -como venía siendo- sino para tres, y la comida no fue para dos, sino para tres, y el vino no fue para dos, sino, también para tres.

La siguiente mañana, salimos a recorrer, a mirar el carnaval en las primeras horas del día, a aceptar chicha a las 11.00 de la mañana, a ver a la gente de Yavi disfrutando de sus mejores dos semanas del año, de su festejo y matarnos de risa.

La foto que les dejo nos la sacamos esa misma mañana, entre algunas
construcciones inconclusas de ese hermosísimo lugar.

Después de ese día de Sebastián no supe nada más, nunca tuve su teléfono y creo que tampoco el e-mail.



" de ahora en más viviré viajando "