miércoles, marzo 10, 2010

Espíritu Aventurero: Parte 2 -Mi viaje a ninguna parte.-

Mi día susqueño número uno, había sido una pesadilla. El sueño de la puna jujeña se había transformado en un extraño intervalo homeless en mi vida.Ese recóndito lugar no me había recibido como estaba acostumbrada. Me sentí extranjera, ignorada, ajena a esa tierra, y encima con un panorama desolador: no tenía cómo volver por 72 horas.Sin embargo, en ese día tan caótico pasó algo que sería el puntapié inicial para que mi segundo día reparara y recompusiera todo lo malo del primero.

Nicolás y su papá (Héctor) Venían viajando hacía más de treinta días por el norte, en una trafic hecha casa rodante por adentro –aunque por fuera pasaba completamente desapercibida-.Nicolás tenía en ese momento, creo que, 14 años (no no, me parece que menos…) y se había llevado varias materias a marzo, entre ellas me acuerdo de matemática y geografía (en parte del viaje iba repasando las capitales europeas para su examen) y el trato que había hecho con su mamá era que viajaba, pero en el camino iba estudiando, cosa de la que puedo dar fe.
Héctor, era profesor de matemáticas, en Santa Fe capital donde vivía y por lo que conversé con ambos, ya habían hecho varios viajes como ese, por el sur, el centro del país y algún otro lado más y Nicolás se ocupaba de anotar uno y cada uno de los gastos en un cuadernito (o libretita… ya no me acuerdo) porque, según me dijo, cuando terminaban todas las vacaciones sacaban cuentas de los gastos totales.

En medio de mi día uno, me los encontré a ambos y se ofrecieron al día siguiente dejarme en Salina Grande (camino a Purmamarca), -ellos iban a San Antonio de los Cobres y ese destino les quedaba de paso-. No les dije ni que si, ni que no. No me cerraba quedar “varada” nuevamente, pero en otra locación.Peeeeero luego de la tremenda noche que pasé ese día (ver espíritu aventurero parte I), ya no me quedaban dudas de querer irme de ahí y una vez que despedí a los garotiños en sus bicicletas me dispuse a buscar esa trafic con mis –ahora- amigos y esperar a que despertaran para aceptar su propuesta de aventón.
Mientras esperaba, mientras iba y venía rogando que no se esfumaran al despertar y los perdiera de vista, iba y venía por las calles totalmente desiertas de Susques (no se olviden que la noche anterior el mega casamiento puneño hizo estragos con los lugareños e invitados) un señor que caminaba por ahí se puso a charlarme y entre todo lo
“grato” de la charla me dijo que en su país (Paraguay) las mujeres que viajan como yo, o que van así, solas por la vida, son trolas/meretrices/putas/recontraputas etc. casi casi hasta me ofrece unos pesos. Pero ya no me importaban las pavadas que pudiera decirme un paraguayo varado en Susques, estaba esperando que mis amigos se despertaran y me llevaran en parte de su viaje con ellos.

Finalmente despertaron, me aceptaron como compañera de ruta y empezamos a armar los mates que serían otra compañía más para la mañana.

No solamente me llevaron a Salina Grande. En el camino pude hacer lo que siempre quise hacer estando de viaje por el norte: parar en lugares hermosos cuantas veces quisiera, a ver llamas, a ver vicuñas, a sacar fotos de horizontes interminables, fotos de la puna…

Llegamos a Salina Grande y, aunque estaba lejos de todos lados, lejos de Purmamarca, lejos de alguna ciudad conocida, me sentí en casa, ahí no era extranjera. Eran las 11 de la mañana, enía todo el día para ver cómo seguía para continuar el viaje. Sin Embargo, a eso de las tres de la tarde no solamente había llegado a Purmamarca, ya había seguido viaje y para esa hora pisaba Tilcara, para sentirme todavía más en casa.

"He debido estar en este lugar
sin darme cuenta"

viernes, diciembre 11, 2009

Espíritu Aventurero: Parte 1 -Garota de Ipanema-

A veces el espíritu aventurero me supera, se apodera de mí y de mis planes de viajes como si todo fuera posible en el transcurrir mochileril, pero esa idea maravillosa dentro de mí cabeza ,en la práctica se convierte... en una pelotudés. Bueno, ese verano para mí no era una “pelotudés” yo quería ir al norte, pero quería ir a la zona de Puna, no a la de quebrada.

El tema es que “la puna” no es tan turístico y no hay tanta empresa de transporte, ni alojamiento, ni infraestructura, ni ruta, ni absolutamente nada que haría que alguien vaya de turista… pero yo quería (y sigo queriendo, que conste)

Pero bueno, la terquedad le gana a las posibilidades en lo que a mí se refiere el asunto. La idea era ir desde Purmamarca (Jujuy) a Susques, también en Juj
uy camino a Chile, cerca del Paso de Jama. Comenzó mi viaje en Purmamarca, llegué en tiempo y forma, armé mi carpa nueva. Mi deslumbrante, brillante, perfecta y por sobre todo impermeable carpa nueva (que todavía en ese momento estaba pagando… me faltaban como 5 cuotas). Llegada a Purmamarca, armada la carpa, salí a caminar, en una extraña melancolía, recorrí las mismas calles que hace años recorro todos los veranos, contenta de haber vuelto, pero con un dejo extraño de tristeza. Mientras caminaba iba averiguando cómo llegar a Susques… cómo cómo cómo… unos me decían que el micro pasaba dos veces por semana, otros me decían otras cosas, pero lo conseguí. El micro pasaba a la una o dos de la tarde por la puerta de un almacén y el pasaje era baratísimo. Buenísimo, lo había conseguido, la terquedad había ganado. ¡¡ME IBA PARA SUSQUES!!

A partir de este momento, comenzaron a sucederse un par de eventos desafortunados, a los que intentaba ponerle onda, sonreía, le ponía pilas, pero nada. En esos momentos debí haber creído en las señales para dar la vuelta y abandonar, por una vez abandonar, pero no…

Y llegó el día y también llegó el micro. El micro… ay ay ay … ese micro… La edad de ese aparato era superior a cualquier automotor conocido. El trayecto que generalmente un auto hace en 20 minutos (desde purmamarca a las salinas) el micro en cuestión le puso 3 horas… sisi, TRES… al señor conductor se le ahogaba el motor, entonces íbamos a paso hombre, hombre jubilado con tres operaciones de cadera. Y cada tanto…púmbate,
se apagaba el motor, claro, iba realmente lento… a pesar de todo yo seguía sonriente, ¡¡ESTABA YENDO A SUSQUES!!... el micro desbordaba de gente de todo tipo, clase y color. El calor era algo casi insoportable, pero iba para Susques. Mientras viajaba pensaba, “llego, busco un hostel, me doy una ducha y me voy a algún lado a tomarme una cerveza…mmm que lindo que lindo, cerveza, paisaje, y por qué no una picadita”

Seis horas después, llego a Susques, tres mil y no sé cuantos más metros sobre el nivel del mar. Bajé del micro y ya no podía respirar, a cien metros, había un torneo de futbol zonal… ¿Zonal? –pensé- ¿Zonal de dónde si el pueblo más cercano está a un par de horas de acá….? Y ¿de futbol? ¿Cómo hacen para respirar? … no importaba, yo iba con mi mochila de 20 kg y la otra a buscar hostel o cama o algo y nadie me iba a detener en m
i momento de búsqueda de tal felicidad… ¿hostel? Claaaro… pero me faltaron ultimar algunos detalles antes de viajar.

Dato 1: el paso a chile estaba cerrado hacía unos cuantos días, por ende, Susques que es el último lugar antes de Jama, ese pequeñísimo pueblo en el medio de la nada, estaba LLENO de camiones ENOOORMES scania de origen brasilero, obviamente con sus correspondientes choferes brasileros.

Dato 2: Un susqueño se casaba ese día (o una susqueña, da igual), por ende el poco alojamiento existente en ese lugar ya no estaba disponible…

Dato 3: el próximo micro que salía de ahí para purmamarca, no salía hasta dentro de 48 horas.

Si señoras y señores. Estaba varada, a tres mil y algo de altura, ya sin sol, con un viento infernal, con frío, con una mochila por demás pesada, con brasileros que me invitaban a dormir a sus camiones al son de “garotiña garotiña” y sin posibilidades de volver. En un pueblo que lo único que hacía era… armar un casamiento y yo que minuto a minuto entraba cada vez más en pánico. No tenía Plan B, no existía un Plan B


Pasó alrededor de una hora y media y me encontré con dos ciclistas brasileros (yo no sé si a esta gente –la brasilera- el Mercosur le está haciendo mal, o algún fruto amazónico, o quizás hablar portugués es como estar porreado todo el día, pero fuera de su hábitat natural –osea Brasil- el oriundo de ese país se convierte en un ser extraño… ya sea camionero, ciclista o tratante de blancas) Estos ciclistas venían viajando desde no sé dónde, bueno si, desde Brasil, pero estaban hacía rato en sus bicicletas. Llegaron y tampoco tenían alojamiento, así que de alguna manera me sentí acompañada en la desgracia.

Nos pusimos los tres a buscar alojamiento. Nada, nada, nada, nada… hasta que de golpe ... SIIIII conseguimos. El problema era que solamente había una habitación. No tenía muchas opciones, era eso o dormir en el scania violeta del chofer Brasilero que insistía en mostrarme las dos plazas de su camión.

Lograda mi tan ansiada ducha, precaria, pero también necesaria y duchados ya los dos muchachos nos fuimos a comer algo acompañados de una cerveza… yo lo percibía, no iba a ser una noche tranquila, no iba a dormir tan bien como yo q
uería, estaba cansada y un poco alterada por toda la situación del día.

Terminada la cena, cerveza e invitación de los garotiños nos fuimos a dormir. Yo: cama de dos plazas. Garotiño uno: cama de una plaza a 10 centímetros de la mía. Garotiño dos: en el piso con colchón inflable y de fondo… siii señoras y señores, la eterna fiesta del casamiento susqueño.

Intenté dormir y miles de pensamientos me torturaban, ¿y si los brasileros eran violadores? ¿y si eran traficantes de órganos y me descuartizaban para llevarme en las alforjas de las bicis? ¿y si eran tratantes de blancas? Y de golpe… como a las
4 am… la cara de garotiño uno a dos centímetros de la mía, si si, su boca, cual imán de heladera queriéndose juntar con los míos… Casi muero infartada del cagaso… no dormí más y lo que me acompañó el resto de la noche fue una taquicardia contínua… lo sabía, mis órganos iba a ir a parar al cuerpo de otra persona, o peor aún, en nueve meses paría un garotiñito. Por suerte, retrocedió sobre sus pasos, yo me hice la dormida y con un ojo abierto y otro cerrado siguieron corriendo las horas.

6 am, despertadores de los celulares sonando, (¡¡al fi
n!!), garotiño uno intenta explicar su exabrupto de la madrugada, “garotiña te vi nerviosiña quise hacerte una cariciña para que estuvieras tranquiliñaa” (ese tiene verso más porteño que Gardel), los garotiños tenían que continuar su viaje sobre las bicicletas y ahora yo tenía que ver cómo empezaba a reparar mis vacaciones.

Con ustedes, la única foto que saqué de ellos…


un gesto vale más que mil palabras


sábado, noviembre 22, 2008

Entra a mi pago sin golpear

Durante todos mis viajes de mochilera y de ser humano campamentístico, tuve una compañera inseparable: mi carpa. A lo largo de los años, fui cambiando de todo, de mochilas, de compañeros/as, de utensillos varios, de cacharro calienta tuti, linternas, de bolsa de dormir, aislante, colchones inflables hasta incluso de infladores. Muchas de esas cosas, fueron prestadas y con el tiempo o me compraba la definitiva mía o alguna otra persona se solidarizaba con mi causa, pero la carpa... siempre siempre siempre fue la misma y la mía.


Muchos de los lugares que fui, los repetí varias veces, y en alguno una vez que estaba armada la reconocían antes de verme. Fue mi casa, mi caparazón de caracol, mi hogar de hormiguita viajera... básicamente, por muchos años fue mi mundo.


Pero como todo a lo que uno se aferra, mi carpa quiso jubilarse con toda la gloria, y así fue como en una última parada salteña, allá por el principio del 2007, decidí pasarla a retiro. Así es como algunos objetos en la vida propia, pasan a tener más vida que muchos vivos, y no podía simplemente decidir no usarla más y ya. Así que con una grata ceremonia, y gracias a que yo llevaba en mi mochila marcadores indelebles de dos colores (hasta el día de hoy es un misterio cuál fue el proceso lógico que hice para creer que iba a necesitar en mi viaje por sobre los 2.000 metros sobre el nivel del mar marcadores indelebles finos rojos y negro) la despedimos como mi carpa se lo merecía, con un poco de historia y con la compañía de los que en ese momento estaban conmigo. Como ella -la carpa- no es tonta y piensa por sí misma, siempre supo dónde quería pasar a retiro -no es lo mismo festejar la jubilación en el medio del Mar Caribe que en la rambla Marplatense, claro está- así que en uno de los campings más lindos por los que hemos pasado le imprimimos en sus paredes la historia que ya tenía encima.


Debo admitir que era raro ver sus paredes turquesas y fucsias operando como paño para el desarrollo creativo de gente, a la que si bien me sentía ligada desde hacía unos días, no tenían idea de lo que ese pequeño lugarcito de 1,70 x 1,70 (más o menos) significaba para mí.


Le hicieron un mapa en una de sus paredes, un mapa que de alguna manera también había sido unas cuantas veces MI mapa, la llenamos de frases, y para coronarla en una de sus entradas, le puse nombre, un nombre poco ortodoxo pero que coincide con un título de un disco que para mi es bellísimo y que también, como ella, me acompañó en muchos de mis viajes.


También le quedaron inscripciones del lado de adentro, dedicatorias diría yo...


Con el correr de los meses y ahora casi dos años, entendí algo... cuando jubilé esa carpa, muchas cosas más pasaron a retiro, y a veces, eso tiene demasiado que ver con crecer...





"Amanecer hacia atrás del camino
Crepúsculo hacia el frente del camino
Ahora no hay nada que te detenga
..."





sábado, mayo 31, 2008

De Carnavales Piqueteros y Chichas Mañaneras. . .

Una de las cosas que caracteriza los viajes de mochileros y más si son mochileros en carpa, es un tipo de solidaridad bastante extrema. Pero no porque hagamos caridad entre nosotros, sino porque los lazos de colaboración en un camping o en un micro o en una terminal son otros.

Uno de mis años en los que todavía llevaba compañía desde la salida, fuimos "subiendo" desde San Salvador de Jujuy, y armando y desarmando la carpa de tanto en tanto para seguir cual hormiguitas viajeras ese recorrido en el que lo más interesante era que no tenía destino, era viajar por viajar, subir por subir y simplemente dis fru tar...

En el último tramo llegamos a La Quiaca para ir directamente a uno de los pueblos de la Puna más hermosos que hay en nuestro territorio. Yavi. Un lugar color marrón, con las ca
sas de adobe, con los techos de paja, con una calle central que por las tardes de siesta parece un desierto. Pero cuando uno sale de esa calle y se mete en uno de sus costados encuentra un verde impresionante en sus sauces y campos, no por nada Yavi es "El Oasis de la Puna".

En ese intento de llegar a mi paraíso puneño, dábamos vueltas por la terminal de La Quiaca y no encontrábamos forma de que alguien nos lleve, la única opción era un remís que por los escasos 14 kilómetros nos cobraba $18, y, si bien plata no nos faltaba, estabamos viendo la forma de que no nos roben tanto. Empezamos a caminar, a ver qué hacíamos, hasta que finalmente la vida nos dejó sentarnos en el cordón de la vereda a meditar sobre nuestro futuro recorrido y en ese momento aparece el protagonista de este post. Sebastián.
Mientras ese cordón de la vereda en bajada nos absorvía para no dejar pararnos, Sebastián se acercó y sin mayores preludios -y como leyendo en nuestras caras la fiaca de tener que resolver la continuación de nuestro viaje-, nos dijo "¿Chicas, van para Yavi? conseguí un remís a $16, viajemos los tres y lo dividimos" y así fue, el señor remisero nos llevó, pero el viaje no llegó a Yavi. Algo que no estaba en nuestro planes era que estabamos en fecha de carnaval y los carnavales en el norte son más sagrados que navidad, año nuevo o el cumpleaños de San Martín juntos y la gente, en ese afan de festejo perpetuo, había hecho algo así como un piquete festivo en la ruta y les juro, ningún piquetero le gana a un puneño en su festejo más sagrado, ese festejo que esperan un año y como bien dijo uno del lugar "El carnaval dura dos semanas, la primera de festejo, la segunda para recuperarnos". Así que, a pesar de que nuestro chofer suicida quiso pasar por sobre los festejantes, adentro del auto le hicimos nuestro propio piquete para que nos deje en el camino y así llegar más tarde a Yavi, pero enteros.

Finalmente llegamos, de noche, a un pueblo que corta la luz de las calles después de cierta hora, mi acompañante, Sebastián y yo. Pero otro problema de los carnavales es que el alojamiento se vuelve escaso, así que, en ese colaborar constante, en esa solidaridad de mochilero, en esa siguiente noche la carpa no fue para dos -como venía siendo- sino para tres, y la comida no fue para dos, sino para tres, y el vino no fue para dos, sino, también para tres.

La siguiente mañana, salimos a recorrer, a mirar el carnaval en las primeras horas del día, a aceptar chicha a las 11.00 de la mañana, a ver a la gente de Yavi disfrutando de sus mejores dos semanas del año, de su festejo y matarnos de risa.

La foto que les dejo nos la sacamos esa misma mañana, entre algunas
construcciones inconclusas de ese hermosísimo lugar.

Después de ese día de Sebastián no supe nada más, nunca tuve su teléfono y creo que tampoco el e-mail.



" de ahora en más viviré viajando "



sábado, febrero 17, 2007

...Donde habita el olvido...

Una de las características más locas de viajar por el NOA es que no importa si uno va solo o acompañado y de quién, siempre termina viajando con un grupo de gente que se va armando en el viaje. Y entre conocer y conocer, es más que normal que entre los comensales del camping o compañeros de micros con alguien a una le pinte el amor.

Enamorarse de viaje es complicado, porque después cuando las cosas dejan de funcionar, la memoria retiene demasiadas imagenes con fantásticos paisajes y lo que en realidad fue, por ejemplo, un tropezón cruzando el río estando con la otra persona, en el recuerdo propio pasa a ser una escena de película romántica, en cámara lenta, con sus variaciones a color, blanco y nergro y sepia. Y como ya se estarán imaginando así me pasó a mí.

No tengo idea si el hecho de las distancias realmente hacen que una persona parezca lo mejor del mundo, o si las cosas difíciles realmente me atraen tanto, la cosa es que este muchacho en
tró en la categoría de perfección, pero como no es un termino que cuadre con la situación, más precisamente voy a decir que él era mi síntesis perfecta.

Lo vi por primera vez yendo en un micro de Purmamarca a Maimará. Elegimos este destino desde purmamarca porque las buenas lenguas decían que el camping municipal tenía pileta y en momentos norteños, con el sol insolando las espaldas, la palabra "pileta" era como la cama cuando uno desfallece de sueño. Así que sin prisa y sin pausa subimos al colectivo, mi acompañante se sentó y yo me quedé parada .... y ahí lo vi, último asiento del micro, pantalones de tela con rayas de colores, sombrerito purmamarqueño y una luz alrededor...
Extrañamente, se bajó en la misma parada que nosotras, el resto del micro entero seguía a Tilcara.
Yo no conocía ese lugar, así que con mi coequiper arrancamos a caminar con las mochilas que pesaban media tonelada cada una y las espaldas ardidas. Llegamos a una esquina y ahí apareció él. Imagínense a qué nivel estaba idiotizada que empezó a preguntarnos si sabíamos dónde quedaba la plaza o el centro, pero yo estaba convencida, no sé en qué extraña parte de mi cerebro, de que el pibe no era de acá y era francés o alemán y que como hablaba raro yo no iba a entenderle, mientras tanto mi acompañante cruzaba palabras sin que yo supiera por qué ella si le entendía.
El joven era madrileño (es), no era ni ruso ni paquistaní y a partir de ese momento yo ya tenía el corazón empeñado y sin recibo para ir a buscarlo. Nos acompañó al camping y nos pidio dejar sus dos mochilas con todas sus cosas en mi carpa, después volvió, nos metimos todos a la pileta y más tarde levantamos la carpa (que armamos 100% al pedo) y nos fuimos los tres a un hostel en Tilcara.

Con él pasé el día de las comadres en Tilcara, el carnaval en Humahuaca, el viaje de noche y con lluvia a Yruya, la vuelta de día con el micro vacío, siempre hablando de nuestras vidas, en algunos momentos con algunos besos de condimento.
Nos separamos en Humahuaca con la promesa de volver a vernos y así fue. Una semana después, ya en Buenos Aires logré contactarlo para que pasara su última noche en el continente americano en una casa amiga y no en un hostel, con comida casera y sábanas con olor agradable.
Pero como todo, a la mañana se tuvo que ir y lo lamenté. Lo lamenté realmente muchisimo. Seguimos hablando algún tiempo y después se acabó y ahí lo lamenté más.
Me la pasé llorando y extrañando la posibilidad de estar juntos todo el año. Un año entero usándolo como unidad de medida para una y cada una de las personas que se me cruzaron y me cansé y me aburrí de estar esperando lo inesperable, así que a modo de cierre les regalo esta foto y esta historia, de alguien que una vez más conocí de viaje pero nunca se pudo dar más allá de eso.



"el rumbo de tus sueños
coincide con mis pesadillas"



domingo, octubre 29, 2006

Otro día de estrellas y whiskys

Introducción
Salíamos de Humahuaca para Yavi (un ,más que, interesante pueblito cerca de La Quiaca). Mientras despedía a mi amor viajero en la terminal -esos que no se nos aparecen un lunes de junio... no, solamente aparecen los miércoles de febrero- esperábamos "El Panamericano"... Bueno, si,convengamos que no era EL MICRO...
El viaje no fue de lo mejor (De Humahuaca a La Quiaca, en micro de paradas, mientas la altura avanza, al igual que el frío) pero convengamos que mi coequiper y yo le pusimos garra; nos sentamos en los apoya brazos, cantamos como locas temas de riff... etc, etc.
Entre idas y vueltas -y conocidos que entrarán en otra edición- llegamos a Yavi, una noche, de hermosa luna de carnaval. Logramos armar la carpa, y nos dispusimos a dormir, con un nuevo inquilino que enganchamos en el camino.

Parte I
Nos despertamos en el Camping Municipal de Yavi (mi coequiper, el inquilino y yo), pero había un problema... el viaje de Humahuaca a La Quiaca había sido complejo... y los que me conocen lo saben, no tengo suficiente carne como para bancarme 3 horas sobre el apoyabrazos de un asiento. Así que lo único que me salió en esa IMPRESIONANTE mañana fue un "¡cómo me duele el culo!" si... lo que me olvidé es que las carpas son una gran comunidad y no solamente murieron de risa mi acompañante y el inquilino sino tambien los jóvenes de la carpa de unos metros más allá. Lo que hizo que horas después me pregunten "¿a vos es a la que le dolía el culo hoy a la mañana?" jeje y así comenzó una amistad viajera. Dos minutos después estabamos los habitantes de las dos carpas compartiendo un rico vino y cantando con la guitarra una simpática variación del carnavalito que decía algo así como "llegando esta el carnaval quebradeño mi cholita, fiesta de la quebrada concha pelada para garchar. Quena, charango y bombo y un buen porongo te voy a dar...".
Después de comer y bañarnos (que en el caso de mi carpa era más que necesario para seguir teniendo sentido del olfato) mi compañera se fue con el inquilino en una infructuosa búsqueda de caballos y yo me fui a investigar por ahí con mis nuevos amigos.

Parte II
Se nos fue viniendo la noche y entre una espectacular preparación de guiso, con solos de guitarra incluidos y tangos a capella cantados por mí (si,no se rían... pero sépanlo, cuando estoy relajada en el medio del paisaje canto muchísimo mejor que en la gran ciudad con smog) nos fuimos colgando de cada una de las estrellas que andaba por ahí.

Tanto en el norte argentino como en el sur, las estrellas se ven de un modo inmejorable, miles de millones, estrellas fugaces y un sinnúmero de elementos cósmicos se hacen pre
sentes. Así que con uno de los músicos de la carpa contigua nos fuimos a la cancha de futbol cerca nuestro para tirarnos a ver el cielo.
¿Qué les puedo decir? esos son momentos irremplazables, imposibles de reproducir con fotos o con historias, en ese momento eramos el cielo, él y yo, hablando de pavadas, de cosas serias, de la vida, del tango, de Buenos Aires, de tanto que ya casi no me acuerdo nada y en ese instante, en ese preciso momento de extrema profundidad estelar, en el medio de un descampado, mientras en todo Yavi se iban apagando todas las luces de las calles, se me aparece alguien parado al lado... pero al lado al lado. Fue como la imagen de una pelicula mala de terror, de esas en las que destripan a alguien y ese alguien en este caso vendría a ser yo y en consecuencia mi acompañante. Apenas veo esa silueta en el medio de la obscuridad total, me tapo con la bolsa de dormir en la que estaba y digo "boludo hay alguien" a lo cual, el otro, en vez de transformarse en un salvador de chicas destripadas se murió de miedo conmigo y empezó a preguntar "quién esta ahí quién está ahi" y el otro infeliz que estaba parado no contestaba, mientras tanto nosotros dos estabamos próximos a un paro cardíaco cada uno. Después de dos minutos de extrema confusión el boludo que estaba parado decidió hablar y resultó ser uno de sus compañeros de carpa que simplemente había ido a buscar una botella de bebida espirituosa que teníamos en nuestro poder.
Con mi compañero de noches estrelladas la amistad siguió, pero por mails o MSN, prácticamente no nos hemos visto más... tal vez, si nos hubieramos conocido por alguna calle de Buenos Aires o en algún espectáculo de tango, todavía el día de hoy compartiríamos, muy seguido, mates, guisos y whiskys.




Les presento a mi compañero de noches estrelladas,
al supuesto destripador
y al perro, que creo que se llamaba, waldo...
un lujo haberlos conocido

martes, agosto 22, 2006

Tus atardeceres rojos... se acostumbraron mis ojos...

Una de las cosas más maravillosas de los viajes es la sorpresa constante. Aveces muy gratas, aveces sorpresas desastrozas, otras veces sorpresas sorpresivas... una constante que nunca falla.

Un año, uno más de mis años norteños, habíamos planeado, estando en Amaicha del Valle (o "Amaicha City" como le habíamos apodado) ir desde ahí a las ruinas de los indios Quilmes y desde ahí a Cafayate (ya Salta), pero por estas vueltas sorpresivas del destino viajero conseguimos una impensada escala intermedia.

Para los que nunca fueron, las ruinas de los indios quilmes pertenecen (Al igual que el Pucara de Tilcara) a ese tipo de ruinas "restauradas", pero más que restauradas, rearmadas al punto que se puede poner en duda algunas cosas que vemos en ellas a simple vista. Restauraciones estéticas, no historicas. Para vender mayormente, no para guardar registros históricos.

Conseguimos en la farmacia de ese bello pueblo un volante que decía que, por una suma ínfima de dinero, ese trayecto que queríamos hacer estaba pensado.
Pero al otro día por la mañana, Antonio, el que hacía esos viajes nos dijo que no había nadie más aparte de nosotras que quisiera hacerlos, pero que nos ofrecía hacer el otro "tour" un poco más caro, pero que incluía Colalao del Valle y El Pichao junto con las ruinas de los Condor Huasi. Ambas viajantes aceptamos ... y ahí comenzaron los cambios de planes y algunas impresionantes sorpresas...

Ya en viaje llegamos a las ruinas de Quilmes. Imponenetes. Esa es la palabra que la describe para los que no vivimos cerca de Cuzco o nunca fuimos por ahí. Parece chiste pero la energía se siente y recorríendolas uno empieza a entender cómo los Españoles no pudieron con ellos hasta mediados del 1600.
Comimos algo, mientras unos jejenes del tamaño de cucarachas voladoras zumbaban en mis oídos, como haciéndome saber que ese lugar me pertenece muy poco y el "estás de paso" suena mejor. ¿el paisaje? descampado, increíble, alucinante...

Continúa el viaje con Antonio y sus tres pequeños. Solamente me acuerdo los nombres de dos de ellos, el más grande Leopoldo y la más pequeña María Eugenia (de 4 o 5 años). Y llegamos a Colalao del Valle... Nos sentamos los seis a comer, y mientras tanto Antonio nos contaba cosas de la provincia, de qué había pasado en los últimos diez años por ahí, qué cosas veía que le iban pasando a las comunidades indígenas que quedaban mientras el turismo aumenta aumenta y aumenta.
Termina la comida, la gaseosa y los niños haciendo lío en el patio de la señora que gentilmente nos alimentaba y al pichao, a dejar las mochilas, a seguir con esa "confianza absoluta" que uno tiene por esos lugares (confianza tan poco capitalina).

El Pichao resultó ser un pueblito diminuto de cuento, de callecitas con mini puentecitos en los ríos, con fiestas del membrillo, gente que tenía luz eléctrica desde hacía demasiado poco tiempo y te saludaban por la calle siempre, aunque no te conocieran, como gesto de cordialidad (guarda con no devolver esos saludos).

Bajamos de la camioneta y Antonio en vez de cerrar ventanas y puertas o buscar llaves para "hermetizar" su auto, empezó a bajar los vidrios... nos miró y nos dijo "para que ellos confíen en mi, tengo que mostrarles que yo confío en ellos".

Y a empezar a caminar, a cruzar un río (señor Río) y ahí entendí todo, lo de la confianza infinita, lo de las concesiones a las ruinas de hace siglos a empresas extranjeras o locales para que hagan lo que quieran (Como en las de quilmes que hasta hotel 4 estrellas tiene). Ahí frente a nosotros estaban las ruinas de los Condro Huasi (que significa "casa de cóndores").
Cuando nos paramos en frente lo único que vimos fue un cerro... a lo cual nos miramos con mi compañera como pensando que nos habían currado. Ahí no había nada... no había nada restaurado, no había nada con el "efecto hollywood". empezamos a escalar el cerro, no tenía camino hecho así que se hizo muy complejo, más de una vez casi caigo rodando de unos cuantos cuantos cientos metros de altura, pero no, no pasó. Los cactus que había en todo el recorrido llegaban a los 3 metros de altura (parecían esos de los dibujitos animados jaja).
Seguimos subiendo a pesar del cansancio, a pesar de la advertencia de Antonio de "traten de no pincharse con un cactus que no sabemos si son alérgicas y sin corticoides acá arriba se mueren..." glup. A pensar de todo, seguimos, nos metimos en sus "pucarás", esos pseudo balconcitos para ver cuándo hay enemigos, levantamos cerámicas que pertenecían por lo menos de hace 400 años atrás, y las volvimos a dejar en el lugar (como se debe) hasta que en un momento, muy cerca de lo más alto, los tres nos sentamos a mirar y ¿qué vimos muy muy muy cerca nuestro? dos cóndores planeando, parecía que nos planeaban a nosotros, parecían extras en una excelente película.

La foto de hoy, me la sacaron con Antonio, en ese preciso momento que los mirábamos planear a metros nuestro...

Después de ese día puedo decir que viví una de las caminatas más hermosas de toda mi vida que logró llenarme todos los sentidos.

¡Gracias Antonio! (por donde quiera que andes ahora)
prefiero los caminos
a las fronteras...