sábado, noviembre 22, 2008

Entra a mi pago sin golpear

Durante todos mis viajes de mochilera y de ser humano campamentístico, tuve una compañera inseparable: mi carpa. A lo largo de los años, fui cambiando de todo, de mochilas, de compañeros/as, de utensillos varios, de cacharro calienta tuti, linternas, de bolsa de dormir, aislante, colchones inflables hasta incluso de infladores. Muchas de esas cosas, fueron prestadas y con el tiempo o me compraba la definitiva mía o alguna otra persona se solidarizaba con mi causa, pero la carpa... siempre siempre siempre fue la misma y la mía.


Muchos de los lugares que fui, los repetí varias veces, y en alguno una vez que estaba armada la reconocían antes de verme. Fue mi casa, mi caparazón de caracol, mi hogar de hormiguita viajera... básicamente, por muchos años fue mi mundo.


Pero como todo a lo que uno se aferra, mi carpa quiso jubilarse con toda la gloria, y así fue como en una última parada salteña, allá por el principio del 2007, decidí pasarla a retiro. Así es como algunos objetos en la vida propia, pasan a tener más vida que muchos vivos, y no podía simplemente decidir no usarla más y ya. Así que con una grata ceremonia, y gracias a que yo llevaba en mi mochila marcadores indelebles de dos colores (hasta el día de hoy es un misterio cuál fue el proceso lógico que hice para creer que iba a necesitar en mi viaje por sobre los 2.000 metros sobre el nivel del mar marcadores indelebles finos rojos y negro) la despedimos como mi carpa se lo merecía, con un poco de historia y con la compañía de los que en ese momento estaban conmigo. Como ella -la carpa- no es tonta y piensa por sí misma, siempre supo dónde quería pasar a retiro -no es lo mismo festejar la jubilación en el medio del Mar Caribe que en la rambla Marplatense, claro está- así que en uno de los campings más lindos por los que hemos pasado le imprimimos en sus paredes la historia que ya tenía encima.


Debo admitir que era raro ver sus paredes turquesas y fucsias operando como paño para el desarrollo creativo de gente, a la que si bien me sentía ligada desde hacía unos días, no tenían idea de lo que ese pequeño lugarcito de 1,70 x 1,70 (más o menos) significaba para mí.


Le hicieron un mapa en una de sus paredes, un mapa que de alguna manera también había sido unas cuantas veces MI mapa, la llenamos de frases, y para coronarla en una de sus entradas, le puse nombre, un nombre poco ortodoxo pero que coincide con un título de un disco que para mi es bellísimo y que también, como ella, me acompañó en muchos de mis viajes.


También le quedaron inscripciones del lado de adentro, dedicatorias diría yo...


Con el correr de los meses y ahora casi dos años, entendí algo... cuando jubilé esa carpa, muchas cosas más pasaron a retiro, y a veces, eso tiene demasiado que ver con crecer...





"Amanecer hacia atrás del camino
Crepúsculo hacia el frente del camino
Ahora no hay nada que te detenga
..."





sábado, mayo 31, 2008

De Carnavales Piqueteros y Chichas Mañaneras. . .

Una de las cosas que caracteriza los viajes de mochileros y más si son mochileros en carpa, es un tipo de solidaridad bastante extrema. Pero no porque hagamos caridad entre nosotros, sino porque los lazos de colaboración en un camping o en un micro o en una terminal son otros.

Uno de mis años en los que todavía llevaba compañía desde la salida, fuimos "subiendo" desde San Salvador de Jujuy, y armando y desarmando la carpa de tanto en tanto para seguir cual hormiguitas viajeras ese recorrido en el que lo más interesante era que no tenía destino, era viajar por viajar, subir por subir y simplemente dis fru tar...

En el último tramo llegamos a La Quiaca para ir directamente a uno de los pueblos de la Puna más hermosos que hay en nuestro territorio. Yavi. Un lugar color marrón, con las ca
sas de adobe, con los techos de paja, con una calle central que por las tardes de siesta parece un desierto. Pero cuando uno sale de esa calle y se mete en uno de sus costados encuentra un verde impresionante en sus sauces y campos, no por nada Yavi es "El Oasis de la Puna".

En ese intento de llegar a mi paraíso puneño, dábamos vueltas por la terminal de La Quiaca y no encontrábamos forma de que alguien nos lleve, la única opción era un remís que por los escasos 14 kilómetros nos cobraba $18, y, si bien plata no nos faltaba, estabamos viendo la forma de que no nos roben tanto. Empezamos a caminar, a ver qué hacíamos, hasta que finalmente la vida nos dejó sentarnos en el cordón de la vereda a meditar sobre nuestro futuro recorrido y en ese momento aparece el protagonista de este post. Sebastián.
Mientras ese cordón de la vereda en bajada nos absorvía para no dejar pararnos, Sebastián se acercó y sin mayores preludios -y como leyendo en nuestras caras la fiaca de tener que resolver la continuación de nuestro viaje-, nos dijo "¿Chicas, van para Yavi? conseguí un remís a $16, viajemos los tres y lo dividimos" y así fue, el señor remisero nos llevó, pero el viaje no llegó a Yavi. Algo que no estaba en nuestro planes era que estabamos en fecha de carnaval y los carnavales en el norte son más sagrados que navidad, año nuevo o el cumpleaños de San Martín juntos y la gente, en ese afan de festejo perpetuo, había hecho algo así como un piquete festivo en la ruta y les juro, ningún piquetero le gana a un puneño en su festejo más sagrado, ese festejo que esperan un año y como bien dijo uno del lugar "El carnaval dura dos semanas, la primera de festejo, la segunda para recuperarnos". Así que, a pesar de que nuestro chofer suicida quiso pasar por sobre los festejantes, adentro del auto le hicimos nuestro propio piquete para que nos deje en el camino y así llegar más tarde a Yavi, pero enteros.

Finalmente llegamos, de noche, a un pueblo que corta la luz de las calles después de cierta hora, mi acompañante, Sebastián y yo. Pero otro problema de los carnavales es que el alojamiento se vuelve escaso, así que, en ese colaborar constante, en esa solidaridad de mochilero, en esa siguiente noche la carpa no fue para dos -como venía siendo- sino para tres, y la comida no fue para dos, sino para tres, y el vino no fue para dos, sino, también para tres.

La siguiente mañana, salimos a recorrer, a mirar el carnaval en las primeras horas del día, a aceptar chicha a las 11.00 de la mañana, a ver a la gente de Yavi disfrutando de sus mejores dos semanas del año, de su festejo y matarnos de risa.

La foto que les dejo nos la sacamos esa misma mañana, entre algunas
construcciones inconclusas de ese hermosísimo lugar.

Después de ese día de Sebastián no supe nada más, nunca tuve su teléfono y creo que tampoco el e-mail.



" de ahora en más viviré viajando "



sábado, febrero 17, 2007

...Donde habita el olvido...

Una de las características más locas de viajar por el NOA es que no importa si uno va solo o acompañado y de quién, siempre termina viajando con un grupo de gente que se va armando en el viaje. Y entre conocer y conocer, es más que normal que entre los comensales del camping o compañeros de micros con alguien a una le pinte el amor.

Enamorarse de viaje es complicado, porque después cuando las cosas dejan de funcionar, la memoria retiene demasiadas imagenes con fantásticos paisajes y lo que en realidad fue, por ejemplo, un tropezón cruzando el río estando con la otra persona, en el recuerdo propio pasa a ser una escena de película romántica, en cámara lenta, con sus variaciones a color, blanco y nergro y sepia. Y como ya se estarán imaginando así me pasó a mí.

No tengo idea si el hecho de las distancias realmente hacen que una persona parezca lo mejor del mundo, o si las cosas difíciles realmente me atraen tanto, la cosa es que este muchacho en
tró en la categoría de perfección, pero como no es un termino que cuadre con la situación, más precisamente voy a decir que él era mi síntesis perfecta.

Lo vi por primera vez yendo en un micro de Purmamarca a Maimará. Elegimos este destino desde purmamarca porque las buenas lenguas decían que el camping municipal tenía pileta y en momentos norteños, con el sol insolando las espaldas, la palabra "pileta" era como la cama cuando uno desfallece de sueño. Así que sin prisa y sin pausa subimos al colectivo, mi acompañante se sentó y yo me quedé parada .... y ahí lo vi, último asiento del micro, pantalones de tela con rayas de colores, sombrerito purmamarqueño y una luz alrededor...
Extrañamente, se bajó en la misma parada que nosotras, el resto del micro entero seguía a Tilcara.
Yo no conocía ese lugar, así que con mi coequiper arrancamos a caminar con las mochilas que pesaban media tonelada cada una y las espaldas ardidas. Llegamos a una esquina y ahí apareció él. Imagínense a qué nivel estaba idiotizada que empezó a preguntarnos si sabíamos dónde quedaba la plaza o el centro, pero yo estaba convencida, no sé en qué extraña parte de mi cerebro, de que el pibe no era de acá y era francés o alemán y que como hablaba raro yo no iba a entenderle, mientras tanto mi acompañante cruzaba palabras sin que yo supiera por qué ella si le entendía.
El joven era madrileño (es), no era ni ruso ni paquistaní y a partir de ese momento yo ya tenía el corazón empeñado y sin recibo para ir a buscarlo. Nos acompañó al camping y nos pidio dejar sus dos mochilas con todas sus cosas en mi carpa, después volvió, nos metimos todos a la pileta y más tarde levantamos la carpa (que armamos 100% al pedo) y nos fuimos los tres a un hostel en Tilcara.

Con él pasé el día de las comadres en Tilcara, el carnaval en Humahuaca, el viaje de noche y con lluvia a Yruya, la vuelta de día con el micro vacío, siempre hablando de nuestras vidas, en algunos momentos con algunos besos de condimento.
Nos separamos en Humahuaca con la promesa de volver a vernos y así fue. Una semana después, ya en Buenos Aires logré contactarlo para que pasara su última noche en el continente americano en una casa amiga y no en un hostel, con comida casera y sábanas con olor agradable.
Pero como todo, a la mañana se tuvo que ir y lo lamenté. Lo lamenté realmente muchisimo. Seguimos hablando algún tiempo y después se acabó y ahí lo lamenté más.
Me la pasé llorando y extrañando la posibilidad de estar juntos todo el año. Un año entero usándolo como unidad de medida para una y cada una de las personas que se me cruzaron y me cansé y me aburrí de estar esperando lo inesperable, así que a modo de cierre les regalo esta foto y esta historia, de alguien que una vez más conocí de viaje pero nunca se pudo dar más allá de eso.



"el rumbo de tus sueños
coincide con mis pesadillas"



domingo, octubre 29, 2006

Otro día de estrellas y whiskys

Introducción
Salíamos de Humahuaca para Yavi (un ,más que, interesante pueblito cerca de La Quiaca). Mientras despedía a mi amor viajero en la terminal -esos que no se nos aparecen un lunes de junio... no, solamente aparecen los miércoles de febrero- esperábamos "El Panamericano"... Bueno, si,convengamos que no era EL MICRO...
El viaje no fue de lo mejor (De Humahuaca a La Quiaca, en micro de paradas, mientas la altura avanza, al igual que el frío) pero convengamos que mi coequiper y yo le pusimos garra; nos sentamos en los apoya brazos, cantamos como locas temas de riff... etc, etc.
Entre idas y vueltas -y conocidos que entrarán en otra edición- llegamos a Yavi, una noche, de hermosa luna de carnaval. Logramos armar la carpa, y nos dispusimos a dormir, con un nuevo inquilino que enganchamos en el camino.

Parte I
Nos despertamos en el Camping Municipal de Yavi (mi coequiper, el inquilino y yo), pero había un problema... el viaje de Humahuaca a La Quiaca había sido complejo... y los que me conocen lo saben, no tengo suficiente carne como para bancarme 3 horas sobre el apoyabrazos de un asiento. Así que lo único que me salió en esa IMPRESIONANTE mañana fue un "¡cómo me duele el culo!" si... lo que me olvidé es que las carpas son una gran comunidad y no solamente murieron de risa mi acompañante y el inquilino sino tambien los jóvenes de la carpa de unos metros más allá. Lo que hizo que horas después me pregunten "¿a vos es a la que le dolía el culo hoy a la mañana?" jeje y así comenzó una amistad viajera. Dos minutos después estabamos los habitantes de las dos carpas compartiendo un rico vino y cantando con la guitarra una simpática variación del carnavalito que decía algo así como "llegando esta el carnaval quebradeño mi cholita, fiesta de la quebrada concha pelada para garchar. Quena, charango y bombo y un buen porongo te voy a dar...".
Después de comer y bañarnos (que en el caso de mi carpa era más que necesario para seguir teniendo sentido del olfato) mi compañera se fue con el inquilino en una infructuosa búsqueda de caballos y yo me fui a investigar por ahí con mis nuevos amigos.

Parte II
Se nos fue viniendo la noche y entre una espectacular preparación de guiso, con solos de guitarra incluidos y tangos a capella cantados por mí (si,no se rían... pero sépanlo, cuando estoy relajada en el medio del paisaje canto muchísimo mejor que en la gran ciudad con smog) nos fuimos colgando de cada una de las estrellas que andaba por ahí.

Tanto en el norte argentino como en el sur, las estrellas se ven de un modo inmejorable, miles de millones, estrellas fugaces y un sinnúmero de elementos cósmicos se hacen pre
sentes. Así que con uno de los músicos de la carpa contigua nos fuimos a la cancha de futbol cerca nuestro para tirarnos a ver el cielo.
¿Qué les puedo decir? esos son momentos irremplazables, imposibles de reproducir con fotos o con historias, en ese momento eramos el cielo, él y yo, hablando de pavadas, de cosas serias, de la vida, del tango, de Buenos Aires, de tanto que ya casi no me acuerdo nada y en ese instante, en ese preciso momento de extrema profundidad estelar, en el medio de un descampado, mientras en todo Yavi se iban apagando todas las luces de las calles, se me aparece alguien parado al lado... pero al lado al lado. Fue como la imagen de una pelicula mala de terror, de esas en las que destripan a alguien y ese alguien en este caso vendría a ser yo y en consecuencia mi acompañante. Apenas veo esa silueta en el medio de la obscuridad total, me tapo con la bolsa de dormir en la que estaba y digo "boludo hay alguien" a lo cual, el otro, en vez de transformarse en un salvador de chicas destripadas se murió de miedo conmigo y empezó a preguntar "quién esta ahí quién está ahi" y el otro infeliz que estaba parado no contestaba, mientras tanto nosotros dos estabamos próximos a un paro cardíaco cada uno. Después de dos minutos de extrema confusión el boludo que estaba parado decidió hablar y resultó ser uno de sus compañeros de carpa que simplemente había ido a buscar una botella de bebida espirituosa que teníamos en nuestro poder.
Con mi compañero de noches estrelladas la amistad siguió, pero por mails o MSN, prácticamente no nos hemos visto más... tal vez, si nos hubieramos conocido por alguna calle de Buenos Aires o en algún espectáculo de tango, todavía el día de hoy compartiríamos, muy seguido, mates, guisos y whiskys.




Les presento a mi compañero de noches estrelladas,
al supuesto destripador
y al perro, que creo que se llamaba, waldo...
un lujo haberlos conocido

martes, agosto 22, 2006

Tus atardeceres rojos... se acostumbraron mis ojos...

Una de las cosas más maravillosas de los viajes es la sorpresa constante. Aveces muy gratas, aveces sorpresas desastrozas, otras veces sorpresas sorpresivas... una constante que nunca falla.

Un año, uno más de mis años norteños, habíamos planeado, estando en Amaicha del Valle (o "Amaicha City" como le habíamos apodado) ir desde ahí a las ruinas de los indios Quilmes y desde ahí a Cafayate (ya Salta), pero por estas vueltas sorpresivas del destino viajero conseguimos una impensada escala intermedia.

Para los que nunca fueron, las ruinas de los indios quilmes pertenecen (Al igual que el Pucara de Tilcara) a ese tipo de ruinas "restauradas", pero más que restauradas, rearmadas al punto que se puede poner en duda algunas cosas que vemos en ellas a simple vista. Restauraciones estéticas, no historicas. Para vender mayormente, no para guardar registros históricos.

Conseguimos en la farmacia de ese bello pueblo un volante que decía que, por una suma ínfima de dinero, ese trayecto que queríamos hacer estaba pensado.
Pero al otro día por la mañana, Antonio, el que hacía esos viajes nos dijo que no había nadie más aparte de nosotras que quisiera hacerlos, pero que nos ofrecía hacer el otro "tour" un poco más caro, pero que incluía Colalao del Valle y El Pichao junto con las ruinas de los Condor Huasi. Ambas viajantes aceptamos ... y ahí comenzaron los cambios de planes y algunas impresionantes sorpresas...

Ya en viaje llegamos a las ruinas de Quilmes. Imponenetes. Esa es la palabra que la describe para los que no vivimos cerca de Cuzco o nunca fuimos por ahí. Parece chiste pero la energía se siente y recorríendolas uno empieza a entender cómo los Españoles no pudieron con ellos hasta mediados del 1600.
Comimos algo, mientras unos jejenes del tamaño de cucarachas voladoras zumbaban en mis oídos, como haciéndome saber que ese lugar me pertenece muy poco y el "estás de paso" suena mejor. ¿el paisaje? descampado, increíble, alucinante...

Continúa el viaje con Antonio y sus tres pequeños. Solamente me acuerdo los nombres de dos de ellos, el más grande Leopoldo y la más pequeña María Eugenia (de 4 o 5 años). Y llegamos a Colalao del Valle... Nos sentamos los seis a comer, y mientras tanto Antonio nos contaba cosas de la provincia, de qué había pasado en los últimos diez años por ahí, qué cosas veía que le iban pasando a las comunidades indígenas que quedaban mientras el turismo aumenta aumenta y aumenta.
Termina la comida, la gaseosa y los niños haciendo lío en el patio de la señora que gentilmente nos alimentaba y al pichao, a dejar las mochilas, a seguir con esa "confianza absoluta" que uno tiene por esos lugares (confianza tan poco capitalina).

El Pichao resultó ser un pueblito diminuto de cuento, de callecitas con mini puentecitos en los ríos, con fiestas del membrillo, gente que tenía luz eléctrica desde hacía demasiado poco tiempo y te saludaban por la calle siempre, aunque no te conocieran, como gesto de cordialidad (guarda con no devolver esos saludos).

Bajamos de la camioneta y Antonio en vez de cerrar ventanas y puertas o buscar llaves para "hermetizar" su auto, empezó a bajar los vidrios... nos miró y nos dijo "para que ellos confíen en mi, tengo que mostrarles que yo confío en ellos".

Y a empezar a caminar, a cruzar un río (señor Río) y ahí entendí todo, lo de la confianza infinita, lo de las concesiones a las ruinas de hace siglos a empresas extranjeras o locales para que hagan lo que quieran (Como en las de quilmes que hasta hotel 4 estrellas tiene). Ahí frente a nosotros estaban las ruinas de los Condro Huasi (que significa "casa de cóndores").
Cuando nos paramos en frente lo único que vimos fue un cerro... a lo cual nos miramos con mi compañera como pensando que nos habían currado. Ahí no había nada... no había nada restaurado, no había nada con el "efecto hollywood". empezamos a escalar el cerro, no tenía camino hecho así que se hizo muy complejo, más de una vez casi caigo rodando de unos cuantos cuantos cientos metros de altura, pero no, no pasó. Los cactus que había en todo el recorrido llegaban a los 3 metros de altura (parecían esos de los dibujitos animados jaja).
Seguimos subiendo a pesar del cansancio, a pesar de la advertencia de Antonio de "traten de no pincharse con un cactus que no sabemos si son alérgicas y sin corticoides acá arriba se mueren..." glup. A pensar de todo, seguimos, nos metimos en sus "pucarás", esos pseudo balconcitos para ver cuándo hay enemigos, levantamos cerámicas que pertenecían por lo menos de hace 400 años atrás, y las volvimos a dejar en el lugar (como se debe) hasta que en un momento, muy cerca de lo más alto, los tres nos sentamos a mirar y ¿qué vimos muy muy muy cerca nuestro? dos cóndores planeando, parecía que nos planeaban a nosotros, parecían extras en una excelente película.

La foto de hoy, me la sacaron con Antonio, en ese preciso momento que los mirábamos planear a metros nuestro...

Después de ese día puedo decir que viví una de las caminatas más hermosas de toda mi vida que logró llenarme todos los sentidos.

¡Gracias Antonio! (por donde quiera que andes ahora)
prefiero los caminos
a las fronteras...

sábado, julio 15, 2006

Entre copas . . .

Las anécdotas de viajes, esas que uno se olvida pero cuanco mira las fotos dice "nooooooo te acordas de..." suelen pasar en momentos muy particulares.

Hubo una noche en Humahuaca de muchísima lluvia, al otro día había que madrugar para partir a un lugar de cuento llamado Iruya, y no teníamos forma de llegar con tanta lluvia al camping que estaba como a un kilómetro por camino de barro (muuuuuuuucho barro), encima, para sumarle a tantas horas de humedad, hacía un frío que se calaba en los huesos. Lo bueno es que como era plena época de carnaval, había joda y muchísima gente en el centro hasta más tarde que de costumbre, lo que posibilitaba que la lluvia parase antes de tener que volver a dormir. Bueno... la lluvia nunca paró.
Ante la medida de emergencia, nos metimos con un "conocido de viaje" (ya estará en algún próximo blog) a un barcito/restarurant Humahuaqueño llamado "La antigua casona" y, ante tanto frío a 2000 metros sobre el nivel del mar, decidimos optar por un vinito para calentar los cuerpos carnavaleros.

Cabe aclarar que pasando salta y llegando a jujuy se hace casi imposible conseguir en lugares comunes algún vino que no sea el "Vino Toro" en sus dos variantes tinto y blanco en cajita o botella... es alcohol de quemar, pero encima de peeeeeesima calidad. En otros viajes hemos concordado muchos acampantes que tiene extrañas propiedades y hace cosas raras en la gente. (sacando que la botella ¡¡¡tiene tapa a rosca!!!)

Ya era bastante tarde, la gente empezaba a desaparecer y en "La Antigua Casona" cerraron las puertas, quedando adentro: mi amiga, yo y mi conocido de viaje (en una mesa al fondo) y tres lugareños adelante, conocidos del dueño, tocando cancioncitas con la guitarra. Desde el vamos todos eramos muy distintos, ellos del lugar, nosotros "turistas" ellos tocando la guitarra, nosotros al fondo hablando pavadas, pero algo en común, todos sin excepción, como si fuera la pipa de la paz, tomando el vino del torito

La foto de hoy, es la vívida representación de esa noche. Tienen para disfrutar: el ángulo de la foto desde nuestra mesa, donde se ven las botellas del extraño elixir; adelante, la mesa de los lugareños y yo bailando con uno de ellos (creo que una cahcarera). ¿quién era? ¡¡¡el comisario de Humahuaca!!!

De más está aclarar que nunca lo volví a ver (gracias a dios nunca intercambiamos mails)

p.d: hace meses que cerca de casa hay un graaaaaaan cartel de Vino Toro tinto en carton y botella... cada vez que paso en el colectivo, se me pianta el lagrimón...



"La curda que al final
termina la función
corriéndole el telón al corazón"



viernes, julio 07, 2006

...a brindar con su silla vacía...

Sacando esos primeros amores adolescentes medio sacados (esos que tiene llantos, gritos, quilombo etc.) y cambiando de etapa, en la que uno ya puede diferenciar un poco más los enconchamientos y enamoramientos del enamorarse enserio, puedo decir que dos veces en mi vida me pasó de sentir que la persona que tenía enfrente era todo lo que quería para pasar el resto de mis días con alguien (o por lo menos una, si es que la perspectiva temporal es necesaria). Esas personas por las que uno haría sacrificios extraordinarios, sólo para despertarse a la mañana con ese alguien abrazandonos.
Casualidad, causalidad o vaya uno a saber por qué, a estas dos personas "las conocí de viaje".

Una recomendación para todo aquel que disfruta de los "placeres de la carpa". Nunca, pero NUNCA se vayan de camping en invierno al norte argentino... lo mas posible es que se caguen tanto de frío como me cagué yo en su momento.

Un invierno decidí irme unos días a Salta a la casa de mi papá, a distenderme un poco de facultad y todo ese torbellino de cosas que a una empiezan a perseguirla después de terminar el secundario (proceso que tengo la sensación al día de hoy que nunca va a terminar y el día de mañana van a preguntar "¿de qué murió Paola?" y alguien cercano respondera "de 'proceso después de secundario"). Unos días después se plegó mi hermana y nos fuimos juntas al Dique Cabra Corral. Con la carpa, unos bolsos, bolsas de dormir, FRAZADAS y cosas como un tuper con salchichas y choclos cocinados y huevos duros que cuando fuimos a comerlos tenían los sabores cambiados: el huevo tenía gusto choclo, la salchicha a huevo y el choclo a salchicha.

La verdad es que pondría un montón de especificidades acerca de este maravilloso lugar pero no creo que sean demasiado interesantes para muchos.

En nuestra bella estadía conocimos, en una tarde de caminata de 7 km hasta "el puente", al protagonista de hoy. Esta persona, en ese momento vivía en el dique bastante alejado de la realidad de la ciudad, de la realidad del pueblo... la verdad... bastante alejado de la realidad en general. Esa tarde paseamos en velero por el dique, y a la noche "hicimos" un asado en su casa. (éramos unos cuantos, mi hermana, yo, su primo, un amigo de ellos y ... él) Nosotros dos nos quedamos hablando alrededor de las brasas hasta altas horas de la madrugada, venciendo la impunidad del frío en esa zona, con una chapa llena de carbones colorados que miraban la sensación térmica y le sacaban la lengua.
Esa noche, tanto mi hermana como yo nos quedamos a dormir ahí. Al otro día pasamos por el camping (a 8 km de distancia) y "el primo" muy amablemente nos llevó de regreso a Salta capital para que nuestras vidas siguieran su curso normal.

Habíamos intercambiado mails. Así que a mi vuelta a la "ciudad de la furia" nos empezamos a escribir. Aunque no muy seguido, era una linda compañía, recibir de vez en vez, un mail suyo, contándome lo lindo que estaba el dique o alguna locura de su primo.
Un día... así como si nada, no hubieron más mails. (Cosa a la que hoy todavía no encuentro explicación).

Pasaron dos años -casi exactos-. Dos años sin ver a alguien que uno conoció unos pocos días, es mucho tiempo. Digamos que es el tiempo del olvido. Uno tranquilamente puede dejar que el tiempo siga y siga pasando y esa persona finalmente, se iría diluyendo en la memoria hasta desaparecer.
Pero, (por suerte alguien inventó infinidad de peros) cuando ya todo era parte de una gran nube de olvidos, volví al Dique, a ese lugar que separa la realidad de absolutamente todo. Y una tarde, después de comer (obviamente en el camping, con mi carpa y mis cartas de poker) busqué un teléfono, una guía, llamé al dique y lo encontré.

Casualmente, fue la semana más fría del año en Salta (ni les cuento en el dique). Pero, siendo una noche 4 en la carpa (él, yo, mi amiga y su amigo), tomando un vino oriundo de Cafayate en tazas de camping compartidas y él mirándome a los ojos, diciendo que a mí "me construiría un palacio al lado de su casa".

Es extraño, pero volví a Bs As y pasó lo mismo que la primera vez. Volví a los 6 meses al Dique y se repitieron secuencias casi iguales. Volví al año y lo mismo. Y siempre siempre, con momentos de cuentos de hadas, con castillos, el príncipe que vivía en un paraíso, con un mago, personajes mitológicos como el hombre cebra... Volví a comienzo de este año y... creo que me convencí, y aprendí que no hay nada más que hacer. En otra vida seguro será más interesante no conocernos viajarnos. No sé, ser vecino, o compañeros del colegio.

La foto concuerda con el año que estuve ahí con una amiga, que en un momento del viaje, después que nos lo cruzamos me dijo: " Pao, nunca en mi vida vi a alguien mirar con la sonrisa que lo mirás vos, ¿es el amor de tu vida?" a lo cual yo le contesté "no puede ser el amor de mi vida si solamente soy yo la que lo quiero a él".
"... que tardé en aprender a olvidarte,
19 días y 500 noches..."